La visita al Forum Humboldt en Berlín, aunque breve, resultó decisiva. No porque buscara una confirmación académica ni una revelación histórica, sino porque necesitaba encontrar una imagen, una forma, un gesto que me permitiera pensar nuevamente a Tlaloc más allá de su definición habitual como “dios de la lluvia” en la cosmovisión mesoamericana. Lo que encontré no fue solo una pieza escultórica, sino un punto de inflexión conceptual.
El Museo Etnográfico de Berlín, integrado en el polémico Forum Humboldt, cuestionado tanto por el costo de su construcción como por el origen de muchas de las piezas que alberga, se presenta como un espacio ambivalente. Por un lado, funciona como archivo material del mundo; por otro, como recordatorio de los desplazamientos forzados de los objetos culturales. En el caso del continente americano, el museo ofrece una panorámica vasta que puede resultar tan fascinante como inquietante. Mi postura frente a este tipo de instituciones es clara: su mayor valor debería residir en despertar la curiosidad suficiente para que el visitante desee viajar a los territorios de origen y aprender allí, en contexto, aquello que el museo solo puede insinuar.
Decidí recorrer únicamente las salas dedicadas a América del Norte, que abarcan lo que hoy conocemos como Canadá, Estados Unidos y México. Allí me encontré con piezas cuya presencia en Europa resulta, todavía, difícil de asimilar: tótems monumentales tallados en troncos de más de diez metros de altura, máscaras, utensilios y artefactos que rara vez se observan con tal cercanía. A medida que avanzaba hacia las salas del sur, las formas comenzaron a resultarme cada vez más familiares. Esculturas y pinturas cargadas de símbolos, vasijas y máscaras con rasgos animales y humanos activaban una memoria visual y cultural que no dependía del texto curatorial, sino del reconocimiento.
Este tránsito culminó en la sala denominada “Mesoamérica”. Allí, el primer impacto fue la presencia de una quauhcoatl: una escultura de piedra volcánica que fusiona cabeza y plumaje de águila con un cuerpo serpentino. A su lado, una figura híbrida de rana y jaguar mostraba en el pecho el quincunce tallado, mientras que un símbolo del “cuatro movimiento”, extraordinariamente conservado, despertaba un deseo casi infantil de apropiación. Al observar una representación de Ehécatl, no pude evitar establecer un vínculo inmediato con las máscaras del norte del continente vistas momentos antes. Esa asociación reforzó una idea que ya venía formulando: más allá de sus diferencias, los pueblos originarios de América compartieron una relación profunda con el mundo natural, expresada a través de un lenguaje simbólico común basado en animales, plantas y fuerzas elementales.
Sin embargo, mi presencia en ese espacio tenía un objetivo específico. Sabía que en el Forum Humboldt se encontraba una representación particular de Tlaloc que había visto por primera vez en un documental. Aquella imagen me había llevado a buscar la pieza en distintos museos de México,incluidos el Museo Nacional de Antropología y el Templo Mayor, sin éxito. Fue finalmente una propaganda del museo etnográfico alemán la que me reveló que la escultura no se encontraba en México. La coincidencia con un viaje previamente planeado hizo inevitable el encuentro. A esta pieza he decidido llamarla, de manera provisional, el Tlaloc de Berlín.
La escultura, tallada en piedra volcánica, no supera los cincuenta centímetros de altura. Presenta una dualidad cromática, un gris predominante y un tono rojizo, cuyo origen, natural o pigmentado, no puedo confirmar. Está colocada en un punto discreto de la sala, visible solo para quien observa con detenimiento. Esa ubicación marginal parece dialogar con la naturaleza misma de la pieza: no se impone, no busca protagonismo, exige atención.
Tlaloc es, en términos generales, una de las deidades más reconocibles del panteón mesoamericano. Sus anteojeras y colmillos lo identifican de inmediato, y su asociación con la lluvia, el trueno y el agua ha sido ampliamente documentada. No obstante, esta representación en particular se resiste a una lectura cerrada. El ser representado ¿humano?, ¿deidad?, ¿entidad intermedia? se encuentra en cuclillas, una postura que sugiere contención, resistencia o control. A través de su cuerpo se articulan dos fuerzas opuestas, simbolizadas por una serpiente de fuego y otra de agua. No parece tratarse de un simple enfrentamiento, sino de una organización específica de energías aparentemente caóticas.
Desde mi comprensión de las deidades mesoamericanas o, más ampliamente, de los seres ecuménicos que estructuraban la cosmovisión del mundo estas figuras no encarnaban un poder absoluto, sino una capacidad de mediación. Eran organizadores del equilibrio: dominaban, transformaban, fusionaban o dividían las fuerzas naturales para hacer posible la continuidad del mundo. Ese ejercicio constante del poder implicaba desgaste. En ese sentido, la postura del Tlaloc de Berlín puede leerse como el cuerpo de quien sostiene una carga inmensa, de quien mantiene en tensión elementos que, de liberarse, resultarían devastadores.
Así, esta pequeña escultura concentra una densidad conceptual extraordinaria. No es solo una representación religiosa ni un objeto arqueológico desplazado; es una síntesis visual de una manera de entender el mundo donde el orden no es estático, sino el resultado de un esfuerzo permanente. El Tlaloc de Berlín no domina desde la altura: resiste desde el cuerpo. Y en esa resistencia, paradójicamente, radica su poder.
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